El pasado mes de julio un grupo de intrépidos peregrinos de la Diócesis emprendimos un largo viaje hasta las antípodas, siguiendo la llamada del Santo Padre a unirnos a él y a jóvenes del resto del mundo para celebrar la Jorrnada Mundial de la Juventud (JMJ), en Sydney.
Fueron unos días intensos cargados de aventuras, anécdotas y buenos momentos. Durante más de 15 días recorrimos parte del inmenso país australiano, conociendo cosmopolitas, cuidadas y modernas ciudades así como bellos y diversos parajes naturales.
No era mi primera JMJ, pero no por ello dejó de sorprenderme cómo el Señor es capaz de manifestarse en esos momentos y de formas tan diversas. De cómo se manifiesta la universalidad de la Iglesia, la multitud de carismas y formas de expresar un mismo sentir. De cómo el Espíritu es capaz de dar unidad a esta rica y enriquecedora diversidad. De las JMJ a las que he asistido, quizá ha sido en esta de Sydney en la que he visto reflejada de un forma mayor esta universalidad y más me he sorprendido de cómo el mensaje del Señor, gracias al Espíritu Santo, es capaz de llegar a países que ni siquiera conocía!!
Y es que precisamente, en esta ocasión la JMJ estaba especialmente orientada en su contenido a la importancia y a la acción del Espíritu Santo en nuestra vida y en la vida de la Iglesia. Y fue el discurso del Papa en la Vigilia con los jóvenes en el hipódromo de Randwick uno de los momentos más intensos en mi peregrinación. En este discurso, una verdadera y preciosa catequesis sobre el Espíritu, el Papa nos animó (entre otras muchas cosas) a “transformarnos desde el interior, acoger la fuerza del Espíritu y liberar sus dones, símbolos de nuestra grandeza, para ser verdaderos testigos”.
No faltaron en estos intensos días de peregrinación momentos de mayor intimidad con el Señor, a través de la oración. Junto a estos momentos, también quedaron bien grabadas en mi corazón las personas junto con las que he vivido este viaje. Y es que el Señor sabe como nadie poner a tu lado a los mejores compañeros de viaje. Desde la mirada calida, abierta y sencilla de los más jovencitos o de los que acaban de descubrir al Señor, al testimonio de vida de los que llevan más tiempo o la compañía de los sacerdotes y religiosas. Descubrir al Señor en todos ellos fue un verdadero regalo.
Y como en toda peregrinación, ahora nos toca lo más bonito y que muchas veces es lo más difícil, que es volver a nuestras realidades y anunciar en nuestro entorno todo lo que hemos vivido.
Eduardo de Frutos
Parroquia Sta María la Blanca de Alcorcón |